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lunes, 26 de abril de 2010

El color más sufrido

Hoy me he levantado y me ha dado por mirar a la ventana, y como siempre, independientemente a la hora que lo haga, allí estaba el negro de mi semáforo.

En mi ciudad hay mucha gente que los teme, que los odia, o que directamente los condena al ostracismo pasivo, es decir, a la ignorancia del que oye el agua caer.

Se les culpa de traer la delincuencia, el paro, la pobreza, y sólo falta culparlos de haber abierto la caja de Pandora o de haber comido del fruto prohibido.

Pese a ello mi negro siempre está ahí, trabajando, vendiendo pañuelos y lo que puede para obtener un sueldo mísero que a duras penas le permitirá vivir a él y a los suyos, viviendo una vida honrada antes que caer en lo más fácil, en lo que se espera de él por no tener nuestro color de piel; en la delincuencia desnuda.

Mientras este hombre trabaja arduamente, y siempre intentando parecer contento, viejas señoras de ventanillas ajadas me hacen dar mil vueltas con malicia para poder entregar un papel mientras juegan al solitario en sus ordenadores, un autóctono pretende convencerme (por segunda vez) que se le ha perdido la cartera y no puede volver a su casa (que siempre está en un sitio distinto), y gente joven sustentada por sus familias se lamenta una y otra vez de no poder encontrar un trabajo mientras pasan todo el día con sus amigotes en paro tomando cerveza en la calle.

La única persona que me ha preguntado alguna vez si me molestaba que fumara en mi presencia fue uno de estos trabajadores del pañuelo. Me sorprendí, porque me parecía un acto de educación tan grande hacia un desconocido que no pensé que viera a ningún ciudadano hacerlo jamás.

No son ángeles, ni mucho menos dioses, son iguales, ni siquiera mejores, y por supuesto no inferiores. Pero gran parte vienen de lugares peores que este, mucho peores, y si vienen aquí es en general para mejorar, y por mucha crisis que haya no podemos culpar de intentar ganarse la vida a unos trabajadores que vienen aquí a hacer el trabajo que nadie quiere hacer .

Y todo esto vino a mi cabeza cuando miré por la ventana, e imaginé que la comprensión llegaría cuando los españoles vendieran pañuelos.

 

El Señor que escribe

martes, 13 de abril de 2010

El interés de la basura

Siempre me han dicho que soy una persona muy social, sea lo que sea que signifique esa palabra, pero para mi cada vez me parece más un insulto. Ser social implica decir aquello que no piensas para quedar bien, sonreír cuando no lo sientes, y por lo general cumplir los dogmas de la hipocresía.

Realmente de un tiempo hacia acá decidí cortar con todo eso, primero de una forma paulatina, más tarde de una forma radical. Pese a que el radicalismo no es lo mío creo que es lo más adecuado en circunstancias extraordinarias. Estoy harto de que gente que no me interesa lo más mínimo, y a la que no le intereso tampoco, se hagan los preocupados por mi, o que, camuflándolo de preocupación, intenten joderme (por lo general les doy una contestación borde, no me importa como quede).

Tengo amigos, y sí me importan, tanto que no tengo que fingir con ellos. Si me apetece hacer algo lo digo, y si no pues también, y si finjo algo sólo es porque sé que lo necesitan y son mis amigos, ellos también lo harían por mi. Y los critico, y me critican, porque la amistad no es perfecta, e intentar que lo sea es de locos (o hipócritas).

Sin embargo yo elijo a mis amigos, y ellos me eligen a mi, yo soy tolerante y acepto como son, lo que les gusta, como actúan y por lo general todo aspecto personal que no influya de manera negativa, por lo tanto a veces pienso que merezco el mismo respeto (Y desgraciadamente no de todos mis amigos lo obtengo…).

Y todo es el interés. Lo he dicho siempre muchas veces, en este mundo ya no quedan causas, todo es interés y prejuicios. Admito que hace un tiempo me movía por interés propio, un bonito egocentrismo. Pero me he obligado a creer en cosas, en causas, en valores, en locuras para una civilización relativizada. ¿Eso me convierte en peor persona?, ¿en no querer ver a la gente que respeto como un instrumento?.

Siempre lo he dicho, aprecio más una respetuosa y sana enemistad que una falsa amistad, la enemistad tiene un deje de sinceridad y une más que una amistad de baratillo.

Sólo pido una cosa, no te sientas obligado a ser hipócrita conmigo (Va tanto para mujeres y hombres, pero yo uso el masculino genérico de toda la vida, paso de la tontería del o/a).

Atentamente

El Señor que escribe

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