Hoy me he levantado y me ha dado por mirar a la ventana, y como siempre, independientemente a la hora que lo haga, allí estaba el negro de mi semáforo.
En mi ciudad hay mucha gente que los teme, que los odia, o que directamente los condena al ostracismo pasivo, es decir, a la ignorancia del que oye el agua caer.
Se les culpa de traer la delincuencia, el paro, la pobreza, y sólo falta culparlos de haber abierto la caja de Pandora o de haber comido del fruto prohibido.
Pese a ello mi negro siempre está ahí, trabajando, vendiendo pañuelos y lo que puede para obtener un sueldo mísero que a duras penas le permitirá vivir a él y a los suyos, viviendo una vida honrada antes que caer en lo más fácil, en lo que se espera de él por no tener nuestro color de piel; en la delincuencia desnuda.
Mientras este hombre trabaja arduamente, y siempre intentando parecer contento, viejas señoras de ventanillas ajadas me hacen dar mil vueltas con malicia para poder entregar un papel mientras juegan al solitario en sus ordenadores, un autóctono pretende convencerme (por segunda vez) que se le ha perdido la cartera y no puede volver a su casa (que siempre está en un sitio distinto), y gente joven sustentada por sus familias se lamenta una y otra vez de no poder encontrar un trabajo mientras pasan todo el día con sus amigotes en paro tomando cerveza en la calle.
La única persona que me ha preguntado alguna vez si me molestaba que fumara en mi presencia fue uno de estos trabajadores del pañuelo. Me sorprendí, porque me parecía un acto de educación tan grande hacia un desconocido que no pensé que viera a ningún ciudadano hacerlo jamás.
No son ángeles, ni mucho menos dioses, son iguales, ni siquiera mejores, y por supuesto no inferiores. Pero gran parte vienen de lugares peores que este, mucho peores, y si vienen aquí es en general para mejorar, y por mucha crisis que haya no podemos culpar de intentar ganarse la vida a unos trabajadores que vienen aquí a hacer el trabajo que nadie quiere hacer .
Y todo esto vino a mi cabeza cuando miré por la ventana, e imaginé que la comprensión llegaría cuando los españoles vendieran pañuelos.
El Señor que escribe


Recuerdo una vez en el coche con unos amigos. Era la tercera vez en el día que nos habían ofrecido pañuelos en un semáforo y estábamos cansados de tener que negar con la cabeza una y otra vez, así que no se nos ocurrió nada mejor que hacer bromas del tipo: "Yo de mayor quiero ser también vendedor de pañuelos! ¿Y qué carrera hay que estudiar para eso?..."
ResponderEliminarEn ese momento alguien debía habernos llevado y abandonado en kutu-kunku, a ver cómo coño hubiéramos sobrevivido...
También es verdad, podría haber sido peor. Podríamos habernos bajado en el coche y escupirle unas cuántas crueldades en la cara y ya puestos pegarle un par de ostias... total, muchos lo hacen, será que debe ser divertido (nótese el sarcasmo)
Pese a todo no creo que sea una cuestión de color sino de "jerarquía" ya que creo que los mismos que disfrutan insultándole, disfrutarán igual de insultar al blanco (anaranjado o bronceado) borracho de la esquina.
Todos lo negarán, pero la mayoría se sentirá superior a ellos. Los que se crean buenos sentirán lástima por ellos, los pensadores obserbarán lo que ven y divagarán sobre las causas y finalmente los gilipollas... Bueno, todos sabemos a lo que se dedican los gilipollas. La cuestión es... ¿De quién recibirán ayuda estos señores?
Yo, por mi parte, admiro su persistencia (yo ya estaría llorando en una esquina) y les agradezco que pese a cómo les ha tratado la ciudad, al verte pasar hacia la universidad nunca les falte su comentario de: ¡Buenos días, guapa!